Nada aptos para quienes sufren en las alturas son estas atalayas que se aúpan por encima de las nubes, obsequiando a la vista (y al alma) con las más bellas panorámicas de Asturias. Desde estos miradores, que activan la irresistible atracción que provoca asomarse sobre el abismo, la naturaleza se muestra como una obra perfecta. Unos miran al mar, otros a las montañas, y otros a los entramados urbanos, pero en todos, por aquí y por allá, aparece el verde asturiano.

MIRADOR DEL FITU (COLUNGA)
En los días claros, no solo se divisa la inmensidad del mar, sino también la majestuosidad de los Picos de Europa. Así es la vista de esta estructura de hormigón conocida como el Mirador del Fito, a la que los lugareños bautizaron como 'cazu' por su semejanza con una taza. Una panorámica a 597 metros de altitud, que alcanza desde Gijón hasta la rasa costera de Cantabria, en 360º de espectáculo natural que dejan al visitante sin aliento. Está en el paraje conocido como el Alto de la Cruz de Llames, en plena Sierra del Sueve, a medio camino entre Colunga y Arriondas. Y aunque a muchos desconcierta su extraña forma de ovni, a nadie decepciona lo que aparece ante los ojos: soberbias cumbres tapizadas de vegetación que forman una muralla ante el Cantábrico.

MIRADOR DEL NARANCO (OVIEDO)
De panorámica menos escénica, pero no por ello menos interesante, este popular mirador se alza en el Monte Naranco y permite divisar la ciudad de Oviedo en toda su extensión (está a 20 minutos en coche de su casco histórico) con el marco de las montañas en la lejanía. Más allá de las vistas, también propicia una visita muy enriquecedora: la de las iglesias de Santa María del Naranco y de San Miguel de Lillo, dos de las joyas prerrománicas más valiosas de la península. Ambas fueron construidas para disfrute del rey Ramiro I, aunque su uso no queda del todo claro. Lo que sí es innegable es que conforman un tesoro, declarado Patrimonio de la Humanidad, que merece la pena descubrir.

MIRADOR DE LA BORIZA (LLANES)
Hay quien dice que es el más bello balcón sobre el mar, algo que se constata cuando los ojos dan con esta postal dibujada con arena blanca, aguas claras (aunque bravas), acantilados e islotes que flotan sobre el oleaje en medio de la bahía. Y es que este mirador separa dos arenales con forma de media luna: por un lado, la playa de Ballota (hacia el oeste), y por otro, la de Andrín (hacia el este). Pero también alcanza las vistas a Llanes, a los montes del Cordal del Cuera y la de los propios Picos de Europa. En definitiva, la máxima expresión de la naturaleza asturiana. Y ello por no mencionar unas puestas de sol que cortan la respiración.

MIRADOR DE EL POZO DE LA ORACIÓN (PICOS DE EUROPA)
Es, tal vez, el mejor mirador para contemplar el Naranjo de Bulnes o Picu Urriellu, una de las cimas más emblemáticas del alpinismo español y la gran joya de los Picos de Europa. Fue diseñado por el arquitecto Julián Delgado Úbeda, un enamorado de esta tierra, e inaugurado en 1933. Se encuentra en el término de Poo de Cabrales, dirección Carreña, y es ideal para maravillarse con la pared vertical de la cara oeste de la cumbre, que es una silueta perfectamente contorneada en el centro físico del macizo montañoso. Si se tiene la suerte de contemplarlo sin niebla, la imagen se quedará para siempre en la retina.

MIRADOR DE LA REGALINA (CADAVEDO)
En sí mismo, compone una estampa preciosa, con un hórreo junto a una ermita pintada de azul, y al fondo, el marco del Cantábrico que golpea la costa occidental, recortada por los cabos Busto y Vidio. Kilómetros y kilómetros de acantilados, bajo los que aparece, de pronto, la playa próxima al pueblo de Cadavedo (a la que llaman la Ribeirona), designado alguna vez como el más bonito de Asturias. Pero no todo en este mirador es imponente belleza. Tiene también un valor sentimental, puesto que hasta aquí llega una de las romerías más importantes de la región: la de la virgen Riégala, más conocida como la Regalina, que da lugar a una celebración repleta de folclore y alegría.

MIRADOR DE SAN ROQUE (LASTRES)
Nada puede ser más hermoso que perderse por la villa costera de Lastres para acabar en las alturas y contemplar su fisionomía desde otra perspectiva. En su punto más elevado, junto a la capilla de San Roque, se encuentra el mirador homónimo que permite abarcar con la vista la línea de mar y las montañas, las playas y los barrancos que dibujan la costa oriental asturiana. Pero, sobre todo, permite vislumbrar la magia de este pueblo que se desparrama por una ladera en busca del Cantábrico, con sus primorosas casitas de colores y su aire profundamente marinero. Una imagen que pone de manifiesto que la naturaleza también se ensambla de manera hermosa con la mano del hombre.

CABO PEÑAS (GOZÓN)
Su mérito no es solo el de ocupar el punto más septentrional del Principado, con vistas espeluznantes sobre el mar, allí donde el mapa perfila un saliente puntiagudo. Su mérito es también el del propio entorno que conforma: la pasarela de madera que bordea un acantilado de más de 100 metros de altura, el faro en el que se aloja el Centro de Interpretación del Medio Marino, el hecho de que este cabo, junto con la cercana isla de Erbosa, pertenece a la lista europea de Zonas de Especial Protección para las Aves (ZEPA) lo que hace que no sea infrecuente divisar ejemplares migratorios planeando entre las olas y el cielo.

MIRADORES DE BOAL (BOAL)
Incluimos en la lista estos miradores (que son varios) del concejo de Boal, asomados a la sierra de Penouta y con vistas (una vez más) a la costa y la montaña. Y también a los pueblos. Por ejemplo, el de Penouta Costa, con 900 metros de altitud sobre el nivel del mar, permite divisar una constelación de concejos: desde Tapia, Castropol, El Franco, Coaña, Navia y Valdés, en el borde del litoral, hasta Boal y Villayón, ocultos en el interior. También está el mirador de Penouta Interior, a 800 metros de altitud, para ver las crestas de cordales. Y el mirador del Castro de Pendia, cercano a un bonito castro. Todo un repertorio de panorámicas para todos los gustos y colores.