Marc Rodríguez, psicólogo, sobre conocer la ubicación en tiempo real de los niños y adolescentes: "El GPS te dice dónde está tu hijo, pero no te dice cómo está"


El experto explica cómo una herramienta concebida para proteger puede terminar alimentando la ansiedad adulta, erosionando la autonomía de los adolescentes y la confianza mutua


mujer mirando al móvil sentada en el sofá© Getty Images
23 de septiembre de 2026 a las 7:32 CEST

Mirar el móvil, ver el punto en el mapa y sentir un alivio inmediato. Sin embargo, esa tranquilidad dura apenas unos minutos antes de que aparezca una nueva duda. La geolocalización de los hijos se ha normalizado en la crianza actual, pero ¿nos aporta una calma real o solo tapa temporalmente nuestros miedos?

Con la ayuda del psicólogo Marc Rodríguez, analizamos las dos caras de la geolocalización familiar: cómo una herramienta concebida para proteger puede terminar alimentando la ansiedad adulta, erosionando la autonomía de los adolescentes y sustituyendo la confianza mutua por un control pantalla de por medio. 

¿Por qué la geolocalización vende una promesa de tranquilidad que termina transformándose en una trampa de mayor ansiedad?

Porque promete algo que, en el fondo, todos los padres desean: saber que su hijo está bien. La geolocalización da una sensación inmediata de control. Miras el móvil, ves el punto en el mapa y piensas: vale, está ahí. Durante unos segundos baja la angustia.

El problema es que esa tranquilidad dura poco. Muy poco. Al rato vuelve la duda: seguirá ahí, por qué no se mueve, por qué aparece en otra calle, y si el móvil se ha quedado sin batería. Entonces vuelves a mirar. Y así se crea un círculo bastante tramposo.

La herramienta que parecía calmar acaba enseñando al cerebro que, cada vez que sienta miedo, tiene que comprobar. Y cuantas más veces compruebas, más necesitas comprobar. Es como rascarse una picadura: alivia en el momento, pero al final irrita más.

La geolocalización puede ser útil en algunos contextos, claro. No se trata de demonizarla. Pero cuando se usa para calmar la ansiedad del adulto, en vez de para una necesidad concreta de seguridad, puede convertirse en una trampa.

mujer con un móvil con navegador en la mano© Getty Images

¿Por qué la geolocalización produce una tranquilidad aparente pero no una calma real?

Porque no trabaja el origen del miedo, solo lo tapa un momento. Ver la ubicación puede darte alivio inmediato, pero no necesariamente te ayuda a sentir confianza. Es una calma muy dependiente del dato externo. Si veo el punto, estoy tranquila. Si no lo veo, me angustio. Si tarda en actualizarse, me asusto. Si aparece en un sitio que no esperaba, entro en bucle.

La calma real sería otra cosa. Sería poder pensar: mi hijo sabe volver, hemos hablado de qué hacer si pasa algo, confío en que me avisará, si surge un problema tiene recursos. Esa calma nace más de la confianza, la comunicación y la preparación que del control constante.

El GPS te dice dónde está tu hijo, pero no te dice cómo está, con quién está emocionalmente seguro, si sabe pedir ayuda o si se siente capaz. Y eso es importante recordarlo.

Por eso la geolocalización puede tranquilizar la cabeza durante un rato, pero no siempre calma el sistema nervioso de fondo.

La geolocalización puede ser útil en algunos contextos, claro. No se trata de demonizarla. Pero cuando se usa para calmar la ansiedad del adulto, en vez de para una necesidad concreta de seguridad, puede convertirse en una trampa

Marc Rodríguez, psicólogo

¿En qué momento el uso de la geolocalización deja de ser prevención y se convierte en una conducta compulsiva?

Diría que el límite aparece cuando ya no se usa por una necesidad concreta, sino por una necesidad de aliviar ansiedad.

Por ejemplo, puede ser prevención mirar si un adolescente ha llegado bien a un sitio al que iba por primera vez. O usar la ubicación en un viaje, en una excursión, en una situación excepcional o si hay un acuerdo familiar claro.

Pero empieza a parecer compulsivo cuando se mira sin motivo real, solo por si acaso. Cuando se comprueba cada pocos minutos. Cuando si no se puede mirar aparece mucha angustia. Cuando se usa aunque el hijo ya haya avisado. O cuando cualquier cambio de ubicación se interpreta como una amenaza.

Un ejemplo muy sencillo: si tu hijo te dice que ya ha llegado al entrenamiento y aun así necesitas entrar varias veces a comprobar si sigue allí, probablemente ya no estamos hablando de prevención. Estamos hablando de ansiedad.

La prevención tiene un objetivo y un límite. La compulsión no. La compulsión siempre pide una comprobación más.

¿Cómo afecta a la salud mental de los padres vivir en un estado de alerta constante?

Vivir en alerta constante agota. Aunque parezca que uno se acostumbra, el cuerpo acaba pagando factura.

Cuando una madre o un padre está todo el día pendiente de si su hijo se mueve, si llega, si tarda, si cambia de calle o si no contesta, el sistema nervioso funciona como si hubiera una amenaza permanente. Y el cuerpo no está diseñado para vivir siempre en ese modo.

Pueden aparecer irritabilidad, dificultad para descansar, problemas de sueño, pensamientos repetitivos, tensión muscular, dolor de cabeza, sensación de cansancio mental y una especie de incapacidad para desconectar.

Además, se pierde presencia. A veces el padre está en el trabajo, en una comida o intentando descansar, pero mentalmente está mirando el mapa. No está del todo donde está.

Y esto es importante: cuanto más se alimenta la vigilancia, menos tolerancia se tiene a la incertidumbre. Es decir, cada vez cuesta más aceptar algo normal en la crianza: que no podemos saberlo todo todo el tiempo.

Ser padre implica cuidar, pero también aprender a convivir con cierto margen de no control. Y eso, hoy en día, cuesta muchísimo.

niño adolescente mirando al móvil y tocándose el cuello© Getty Images

¿Qué sienten los niños y adolescentes cuando saben que sus padres los geolocalizan?

Depende mucho de la edad, del contexto y de cómo se haya explicado. No es lo mismo un niño pequeño que un adolescente de 16 años. Tampoco es lo mismo un acuerdo hablado que una vigilancia impuesta o secreta.

Algunos niños pueden sentir seguridad: si me pasa algo, mis padres saben dónde estoy. Pero muchos adolescentes pueden vivirlo como falta de confianza, invasión o control.

Pueden pensar: no confían en mí, me tratan como si fuera pequeño, tengo que dar explicaciones por todo, no tengo intimidad. Y en la adolescencia esto pesa mucho, porque justo están intentando construir autonomía.

También puede pasar algo curioso: algunos chicos dejan de preguntarse qué decisión es responsable y empiezan a preguntarse cómo hago para que no me pillen. Y ahí el foco se desplaza. Ya no estamos educando en responsabilidad, sino en vigilancia.

Por eso lo importante no es solo si se usa geolocalización o no, sino cómo se usa. Si se habla, si se pacta, si hay límites, si se revisa con la edad y si no se convierte en una herramienta para controlar cada movimiento.

Algunos niños pueden sentir seguridad: si me pasa algo, mis padres saben dónde estoy. Pero muchos adolescentes pueden vivirlo como falta de confianza, invasión o control.

Marc Rodríguez, psicólogo

¿Puede esta vigilancia afectar a su autonomía, autoestima o capacidad de autorregulación?

Sí, puede afectar, sobre todo si se mantiene de forma rígida cuando el niño ya está en una edad en la que necesita practicar autonomía.

La autonomía no aparece de golpe a los 18 años. Se entrena poco a poco. Ir solo al colegio, quedar con amigos, volver a una hora, avisar si hay un cambio de plan, resolver un pequeño imprevisto... todo eso son prácticas de autonomía.

Si el adulto supervisa cada paso, el mensaje que puede llegar al hijo es: tú solo no puedes, el mundo es demasiado peligroso o necesitas que yo esté encima para hacerlo bien. Y eso puede tocar la autoestima.

También puede limitar la autorregulación. Un adolescente necesita aprender a tomar decisiones cuando nadie le mira. Porque la vida adulta será eso: saber cuidarse sin tener siempre un ojo externo vigilando.

Si siempre hay GPS, control y comprobación, puede costar más desarrollar ese músculo interno de qué hago ahora, cómo aviso, cómo me organizo, cómo reparo si me he equivocado.

No se trata de soltarles de golpe, claro que no. Pero sí de ir soltando cuerda de forma progresiva. Como cuando un niño aprende a ir en bici: al principio sujetas el sillín, pero si no sueltas nunca, no aprende a equilibrarse.

¿Cómo influye la geolocalización en la construcción de la confianza entre padres e hijos?

La confianza se construye con comunicación, coherencia y responsabilidad progresiva. La geolocalización puede ayudar si se usa como una herramienta puntual y pactada, pero puede dañar la confianza si se convierte en vigilancia permanente.

Si un adolescente siente que sus padres necesitan comprobarlo todo, puede interpretar que da igual lo que haga, nunca será suficiente para que confíen en él. Y eso puede generar distancia, enfado o ocultación.

Por ejemplo, no es lo mismo decir: durante este primer mes que vuelves solo a casa, compartimos ubicación y luego lo revisamos.

Que decir: yo voy a saber siempre dónde estás porque no me fío. El primer mensaje acompaña. El segundo controla.

La confianza necesita dos movimientos: que los padres den oportunidades y que los hijos demuestren responsabilidad. Si una de las dos partes falla, hay que ajustar. Pero si nunca se da la oportunidad, la confianza no crece.

También conviene recordar que confiar no es no tener normas. Se puede confiar y poner horarios. Se puede confiar y pedir que avisen. Se puede confiar y marcar consecuencias si mienten. La confianza no es barra libre, pero tampoco es vigilancia total.

madre hablando con su hija adolescente, que está mirando al móvil© Getty Images

¿Por qué mirar la ubicación cada 10 minutos puede convertirse en un hábito difícil de romper?

Porque el cerebro aprende muy rápido que mirar alivia. Siento angustia, miro el mapa, veo que está donde esperaba, me relajo. Ese alivio funciona como una recompensa. Y el cerebro dice: vale, la próxima vez que te pongas nerviosa, haz lo mismo. Así se forma el hábito.

El problema es que, con el tiempo, cada vez se necesita mirar más. Igual que pasa con otras comprobaciones: mirar si has cerrado la puerta, revisar varias veces un mensaje, comprobar si alguien ha contestado. La comprobación calma a corto plazo, pero mantiene la ansiedad a largo plazo.

Para romperlo no suele funcionar decir dejo de mirar y ya está, porque la ansiedad sube. Es mejor hacerlo poco a poco.

Por ejemplo: Primero, observar cuántas veces miro al día. Después, retrasar la comprobación cinco minutos. Luego, pactar momentos concretos: solo miro cuando sale y cuando llega. Y finalmente, sustituir la comprobación por otra respuesta: respirar, escribir el pensamiento, recordar que ya hay un acuerdo, llamar solo si hay un motivo real.

La idea no es pasar de control total a cero control en un día. La idea es recuperar libertad mental.

¿Por qué la geolocalización se ha normalizado tanto en la crianza actual?

Porque vivimos en una época donde tecnológicamente podemos saber muchas cosas, y eso nos da la sensación de que deberíamos saberlas. Antes no era posible ver en un mapa dónde estaba tu hijo. Ahora sí. Y cuando algo existe, muchas veces parece irresponsable no usarlo.

También influye el miedo. Hay muchas noticias, muchos relatos de peligro, muchos mensajes sobre todo lo que puede pasar. Aunque estadísticamente no todo sea tan frecuente como sentimos, emocionalmente el miedo entra muy rápido.

Además, la crianza actual está muy marcada por la hiperresponsabilidad. Muchos padres sienten que si algo ocurre, se les juzgará por no haberlo previsto. Y claro, si existe una herramienta para controlar, aparece la presión de usarla.

A esto se suma que otras familias lo hacen. Y cuando en tu entorno todos geolocalizan, quien no lo hace puede sentirse raro o incluso culpable. Como si estuviera siendo menos prudente.

Al final, se normaliza porque mezcla tres cosas muy potentes: tecnología disponible, miedo social y culpa parental. Y esa mezcla engancha bastante, para que nos vamos a engañar.

Muchos padres justifican el uso del GPS por el contexto social actual. ¿Existe un miedo desmedido o irreal en la crianza contemporánea?

Creo que existe un miedo muy amplificado, que no significa que los padres estén locos ni que inventen peligros. El mundo tiene riesgos, evidentemente. Hay que educar en seguridad, enseñar a pedir ayuda, hablar de límites, de horarios, de trayectos, de relaciones y de responsabilidad.

Pero también es verdad que hoy estamos expuestos a muchísima información alarmante. Noticias, redes sociales, casos extremos, vídeos, testimonios... Todo eso hace que el cerebro perciba el peligro como más cercano y más frecuente de lo que quizá es en la vida cotidiana.

El problema es que si criamos solo desde el miedo, podemos transmitir a los hijos una idea muy pesada: el mundo es peligroso y tú no eres capaz de moverte en él sin que yo te vigile. Y eso no ayuda.

La pregunta no debería ser GPS sí o GPS no como si fuera una guerra. La pregunta más útil sería: para qué lo usamos, durante cuánto tiempo, con qué acuerdo y qué queremos enseñar con esto.

Si la geolocalización sirve como apoyo puntual, hablado y proporcional, puede tener sentido. Si se convierte en la única forma de calmar la ansiedad adulta, conviene revisarlo.

Porque criar también es preparar a los hijos para vivir en el mundo, no solo protegerlos de él.