Ana Fernández Molina, ginecóloga: "Si el dolor menstrual limita la vida de una adolescente, no debemos considerarlo normal"


Un reciente estudio publicado en 'The Lancet' aborda los factores de riesgo que pueden causar una regla dolorosa


Dra. Ana Fernández Molina, especialista en Ginecología y Obstetricia en Centro de Asistencia Integral de la Mujer Andalucía (AIMA)© Cedida
15 de septiembre de 2026 a las 18:01 CEST

Durante generaciones, las mujeres han crecido escuchando una frase que se ha transmitido casi como una certeza inamovible: tener dolor de regla es "lo normal". Sin embargo, que un síntoma sea extremadamente frecuente no significa que deba asumirse sin más o que carezca de origen médico. En este contexto, un reciente estudio publicado en la revista The Lancet abre un nuevo paradigma al analizar, por primera vez, los factores de riesgo de la dismenorrea en adolescentes de 12 y 13 años antes de la llegada de su primera regla.

La investigación de la Universidad de Michigan revela que casi el 58% de las jóvenes estudiadas terminó desarrollando menstruaciones dolorosas, siendo severas en un 20% de los casos. Lo más relevante es que el trabajo identifica señales previas entre los 9 y 10 años, como cansancio sin motivo, náuseas, estreñimiento, sensibilidad cutánea o un desarrollo puberal adelantado. Los autores alertan de que la dismenorrea severa no tratada a edades tempranas puede sensibilizar el sistema nervioso y derivar en dolor crónico en la edad adulta, al tiempo que ponen sobre la mesa determinantes sociales y raciales que inciden en esta dolencia y la importancia de cuidar factores clave como la calidad del sueño.

Teniendo en cuenta las implicaciones clínicas de estos hallazgos, hemos tenido la ocasión de hablar con la doctora Ana Fernández Molina, especialista en Ginecología y Obstetricia en Centro de Asistencia Integral de la Mujer Andalucía (AIMA) y miembro de Top Doctors Group, con el objetivo de romper definitivamente con el estigma del "hay que aguantar", entender qué ocurre realmente en el cuerpo de las adolescentes cuando la regla duele, identificar las alertas tempranas y abordar la salud menstrual desde la prevención.

adolescente con dolor por la menstruación© Getty Images

Una reciente investigación vincula síntomas como mareos, cansancio excesivo, náuseas, estreñimiento o sequedad en la piel a los 9-10 años se asocian con periodos dolorosos posteriores. ¿Cómo se explica fisiológicamente que una alteración sistémica o sensorial preceda en tanto tiempo a la primera regla?

Lo primero que hay que aclarar es que este estudio encuentra una asociación, pero no significa que esos síntomas sean necesariamente la causa de que posteriormente aparezcan reglas dolorosas.

La pubertad es un proceso que empieza bastante antes de la primera menstruación. Años antes de la menarquia ya se están produciendo cambios hormonales y madurativos importantes en el organismo, no solo a nivel del ovario, sino también en el sistema nervioso, en la respuesta al estrés y en la forma en la que percibimos determinadas sensaciones corporales.

Es posible que algunas niñas tengan desde edades tempranas una mayor sensibilidad a determinados estímulos o una forma diferente de procesar el dolor y otros síntomas físicos, y que esa predisposición posteriormente también se manifieste cuando comienzan las menstruaciones.

Pero creo que debemos ser prudentes: tener mareos, cansancio, náuseas o estreñimiento a los 9 o 10 años no significa que esa niña vaya a desarrollar una dismenorrea. Lo interesante del estudio es que nos hace pensar que quizá el dolor menstrual no comienza exactamente con la primera regla, sino que puede existir previamente una determinada predisposición biológica.

¿Piensa que es viable que las consultas de pediatría o atención primaria empiecen a utilizar cuestionarios de sintomatología general a los 9 años para predecir y prevenir la dismenorrea severa?

Creo que todavía es pronto para plantear cuestionarios específicos a los 9 años con el objetivo de predecir qué niñas van a desarrollar una dismenorrea severa. Muchos de los síntomas que recoge el estudio, como el cansancio, los mareos o el estreñimiento, son bastante inespecíficos y frecuentes a esas edades, por lo que podríamos acabar generando preocupación innecesaria en muchas familias.

Lo que sí me parece muy interesante es empezar antes a hablar de salud menstrual. Aprovechar las revisiones pediátricas para preguntar por el desarrollo puberal, por antecedentes familiares de reglas muy dolorosas o endometriosis y, cuando aparezca la primera menstruación, preguntar específicamente cómo son esas reglas.

Más que intentar predecir a los 9 años quién va a tener dolor, creo que ahora mismo sería mucho más útil conseguir que, cuando ese dolor aparezca, sepamos identificar pronto cuándo deja de ser una molestia menstrual habitual y empieza a interferir en la vida de la adolescente.

Lo interesante del estudio es que nos hace pensar que quizá el dolor menstrual no comienza exactamente con la primera regla, sino que puede existir previamente una determinada predisposición biológica

Ana Fernández Molina, ginecóloga

El estudio vincula, además, los signos de pubertad temprana con un mayor riesgo de dismenorrea. ¿Hasta qué punto influyen los disruptores endocrinos y el estrés infantil en este adelanto biológico?

Sabemos que el momento en el que comienza la pubertad no depende de un único factor. Hay una predisposición genética importante, pero también influyen factores como el peso, la alimentación, el entorno y determinados factores ambientales.

En los últimos años existe especial interés por los disruptores endocrinos, sustancias presentes en algunos plásticos, cosméticos o pesticidas que pueden interferir con nuestro sistema hormonal. La exposición a algunos de ellos se ha relacionado con cambios en el momento de inicio de la pubertad, aunque es difícil establecer hasta qué punto son responsables de ese adelanto en cada niña.

Con el estrés ocurre algo parecido. Un estrés mantenido durante la infancia puede influir sobre los sistemas hormonales que regulan el desarrollo y probablemente interactúa con otros factores, pero tampoco podemos establecer una relación directa de causa-efecto.

Por tanto, más que buscar un único responsable, creo que debemos entender el adelanto puberal como un fenómeno multifactorial en el que genética, composición corporal, estilo de vida y ambiente pueden actuar conjuntamente.

Las adolescentes negras e hispanas mostraron entre un 34% y un 38% más de probabilidades de sufrir menstruaciones dolorosas. ¿Qué peso tienen aquí la genética frente a los determinantes sociales de la salud, como el estrés sociocultural o las barreras de acceso a la atención médica?

Es muy difícil separar cuánto corresponde a factores biológicos y cuánto al entorno, y creo que sería un error interpretar estas diferencias simplemente como una cuestión genética. Además de posibles diferencias biológicas, influyen el estrés mantenido, las condiciones socioeconómicas, el entorno familiar y cultural y, por supuesto, el acceso a una atención sanitaria adecuada.

También sabemos que no todas las mujeres tienen las mismas posibilidades de consultar, ser escuchadas o recibir un diagnóstico cuando presentan dolor menstrual. Por eso, estos datos deberían servirnos más para identificar posibles desigualdades en salud que para asumir que determinados grupos tienen necesariamente una mayor predisposición genética a la dismenorrea.

adolescente con dolor en la zona pélvica, por la menstruación© Getty Images

Los investigadores apuntan que la dismenorrea severa no tratada en la adolescencia puede sensibilizar al sistema nervioso y derivar en dolor crónico adulto. ¿Qué procesos ocurren en el sistema nervioso si permitimos que una niña sufra dolor intenso mes a mes?

Cuando el dolor es intenso y se repite mes tras mes durante mucho tiempo, el sistema nervioso puede ir modificando la manera en la que procesa esos estímulos. Es lo que conocemos como sensibilización: las vías encargadas de transmitir y procesar el dolor se vuelven cada vez más reactivas y disminuye el umbral a partir del cual percibimos un estímulo como doloroso.

Dicho de una forma sencilla, es como si el sistema de alarma del organismo se quedara demasiado sensible y comenzara a activarse con estímulos que antes no generaban tanto dolor.

Esto puede hacer que, con el tiempo, el dolor deje de estar limitado únicamente a los días de menstruación y aparezcan otros tipos de dolor pélvico o una mayor sensibilidad al dolor en general.

Por eso es importante que en una adolescente ni se normalice ni se aguante la dismenorrea. Si una regla produce un dolor de manera repetida, debemos tratarlo y, sobre todo, valorar si existe alguna causa que lo esté provocando.

El dolor lleva a muchas jóvenes a faltar al colegio o abandonar el deporte. ¿Podría la identificación temprana acelerar el diagnóstico de patologías subyacentes como la endometriosis o los miomas, que a menudo tardan años en diagnosticarse?

Sí, y probablemente este sea uno de los aspectos más importantes. Muchas mujeres con endometriosis cuentan que sus reglas eran muy dolorosas prácticamente desde la adolescencia, pero durante años asumieron, o les hicieron asumir, que ese dolor era normal.

Cuando una adolescente falta al colegio por la regla, deja de hacer deporte, necesita medicación de forma repetida o el dolor le impide hacer su vida habitual, debemos prestarle atención. No significa necesariamente que tenga endometriosis, pero sí que merece una valoración adecuada.

En adolescentes, la endometriosis es una de las principales patologías que debemos tener presentes ante un dolor menstrual intenso y persistente. Los miomas también pueden producir dolor y sangrado abundante, aunque son mucho menos frecuentes a estas edades.

Y creo que es importante transmitir a las familias que no deben conformarse con un “todo está bien” si la adolescente sigue teniendo un dolor que condiciona su vida. Una exploración o una ecografía normales no siempre descartan todas las causas de dolor menstrual, especialmente la endometriosis. Si los síntomas persisten, es razonable consultar con un ginecólogo con experiencia en este tipo de patología para valorar el caso y ofrecer un diagnóstico y un tratamiento adecuados.

El diagnóstico precoz es especialmente importante en enfermedades como la endometriosis. No se trata solo de aliviar el dolor en ese momento, sino de poder iniciar un tratamiento y un seguimiento desde etapas tempranas, intentando frenar o reducir el riesgo de progresión de la enfermedad y evitar sus posibles consecuencias a largo plazo. Cuanto antes identifiquemos a estas pacientes, antes podremos actuar y evitar que pasen años sufriendo sin diagnóstico.

Es importante que en una adolescente ni se normalice ni se aguante la dismenorrea. Si una regla produce un dolor de manera repetida, debemos tratarlo y, sobre todo, valorar si existe alguna causa que lo esté provocando

Ana Fernández Molina, ginecóloga

Los problemas de sueño no causan la dismenorrea, pero sí amplifican el impacto del dolor en la vida diaria. ¿Qué intervenciones sencillas en el estilo de vida (sueño, alimentación, gestión del estrés) pueden amortiguar la intensidad de los síntomas?

El estilo de vida puede ayudarnos bastante, aunque es importante dejar claro que cuando existe una dismenorrea intensa no debemos limitarnos a decirle a una adolescente que duerma mejor o haga más ejercicio: hay que valorar y tratar ese dolor.

Dormir bien es fundamental, porque la falta de sueño puede disminuir nuestro umbral del dolor y hacer que lo percibamos con mayor intensidad. También sabemos que el ejercicio físico regular puede ayudar a mejorar la dismenorrea y, además, tiene efectos positivos sobre el estado de ánimo y el descanso.

En cuanto a la alimentación, recomendaría simplemente una dieta equilibrada, rica en frutas, verduras, legumbres, pescado y grasas saludables, evitando especialmente el exceso de ultraprocesados. No creo que debamos transmitir a una adolescente que necesita seguir una dieta muy restrictiva para que no le duela la regla.

También pueden ser útiles medidas muy sencillas como aplicar calor local y aprender estrategias para gestionar el estrés, ya que estrés, sueño y percepción del dolor están estrechamente relacionados.

Pero, por encima de todo, si el dolor menstrual limita su vida, no debemos considerarlo normal ni intentar solucionarlo únicamente con cambios en el estilo de vida. Ese dolor merece una valoración médica.

mujer con dolor de regla, con un calendario en el que marca los días de su ciclo menstrual© Adobe Stock

Históricamente se ha asumido el dolor menstrual como algo inevitable o tratable únicamente con anticonceptivos orales. ¿Qué mensaje claro debe darse a las familias y a las escuelas para educar en la "no normalización" del dolor incapacitante?

El mensaje principal debería ser muy sencillo: tener la regla puede producir molestias, pero no debería incapacitar.

No es normal que una adolescente tenga que faltar al colegio todos los meses, que no pueda hacer deporte, que vomite por el dolor o que tenga que quedarse en la cama. Durante demasiado tiempo se ha transmitido a las mujeres que la regla duele y que hay que aguantar, y eso ha contribuido a retrasar el diagnóstico de enfermedades como la endometriosis.

El tratamiento hormonal, y especialmente los anticonceptivos, es una de las principales herramientas que tenemos para tratar la dismenorrea y puede ser muy eficaz. Pero es importante explicar que no existe únicamente “la píldora”. Tenemos distintos tipos de anticonceptivos, diferentes composiciones, dosis y vías de administración, lo que nos ofrece muchas posibilidades terapéuticas y nos permite individualizar el tratamiento según las características y necesidades de cada adolescente.

Y, por supuesto, tratar el dolor no significa dejar de investigar cuando hay signos que nos hacen sospechar una causa subyacente. Si a pesar del tratamiento el dolor persiste o existen otros síntomas de alarma, debemos seguir estudiándolo.

Familias y profesores tienen además un papel fundamental: escuchar y creer a esa adolescente cuando dice que le duele. No debemos enseñarle a soportar el dolor, sino a reconocer cuándo algo no va bien y a pedir ayuda.

Normalizar que las niñas hablen de menstruación es necesario; normalizar que sufran por ella, no.

Si pudiera diseñar el protocolo ideal para acompañar la salud menstrual de una niña desde los 9 hasta los 15 años, ¿cuáles serían los pilares fundamentales que no pueden faltar hoy en día?

Creo que el primer pilar sería la educación menstrual, y además debería comenzar antes de que llegue la primera regla. Las niñas deberían saber qué va a ocurrir en su cuerpo, qué pueden esperar de sus primeras menstruaciones y poder vivirlas con naturalidad, sin miedo ni vergüenza.

El segundo sería enseñarles qué podemos considerar normal y qué no. Una cosa es tener cierta molestia durante la menstruación y otra muy distinta que el dolor les impida ir al colegio, hacer deporte, dormir o mantener su vida habitual. Esa diferencia deberían conocerla tanto las niñas como sus familias.

También me parece importante que padres, profesores y profesionales sanitarios aprendamos a escuchar. Si una adolescente nos dice repetidamente que la regla le duele mucho, no deberíamos responder automáticamente que es normal porque “la regla duele”.

Y, por último, facilitaría el acceso a una valoración ginecológica cuando aparezcan señales de alarma, especialmente ante dolor incapacitante, dolor que va aumentando con el tiempo, sangrado muy abundante o síntomas que interfieren claramente en su calidad de vida. Si existe una patología como la endometriosis, identificarla y tratarla cuanto antes puede ser fundamental para controlar los síntomas, vigilar su evolución y reducir sus consecuencias a largo plazo.

En definitiva, creo que el protocolo ideal sería bastante sencillo: información antes de la primera regla, confianza para hablar de ella, saber reconocer las señales de alarma y acceso precoz a una atención especializada cuando sea necesario. El objetivo no es medicalizar la menstruación, sino conseguir que ninguna niña piense que sufrir cada mes forma parte inevitable de ser mujer.