Desde fuera, el Colegio Cepri de Majadahonda (Madrid) parece uno más. Nada más atravesar la puerta principal, se atisban las primeras diferencias. En el patio, de frente, no hay ni una cancha de fútbol o de baloncesto. En su lugar, se erigen columpios y toboganes más propios de un parque infantil.
A la derecha se encuentra la puerta de entrada al edificio. Ya en el hall, se ve cómo los amplios ventanales hacen que el interior sea casi tan luminoso como el exterior, aunque reina el silencio. De repente, pasa una profesora con un niño de la mano. Ella saluda. Va de prisa, como buscando algo. Lleva al niño de la mano con la misma actitud de una madre que va con su hijo a un lugar abarrotado de gente y lo sujeta con firmeza para evitar que se suelte y se pierda entre la multitud. En la recepción del colegio Cepri, no hay nadie en ese instante.
Enseguida llega Gema Revilla, la directora gerente, con una gran sonrisa. Nos recibe como si nos conociera de toda la vida, con los brazos abiertos (literal y metafóricamente). Quiere dar a conocer la realidad que se esconde tras las paredes del centro. El Colegio Cepri es un colegio concertado de Educación Especial, específico para personas con trastorno del espectro del autismo (TEA).
Lo que aprende un niño con autismo lo aprende para toda la vida
Nos dirige a la sala de reuniones. Allí espera Carolina Lorenzo, la madre de Pablo, un alumno de 10 años que ha comenzado este curso escolar en Cepri. “Estamos muy satisfechos porque, aunque Pablo no habla, nos comunica que es su sitio”, nos cuenta. “Lo que notamos es que él tiene muchísima más tranquilidad en todas sus actividades fuera del colegio y que tiene una intención comunicativa mayor y un acercamiento con todo su entorno mucho más profundo, además de acatar órdenes sencillas, que antes no era capaz. Creemos que es el cole lo que ha hecho que Pablo vaya mucho mejor y estamos más tranquilos”.
El autismo es un trastorno del neurodesarrollo que implica dificultades en la comunicación y en la sociliazación, así como conductas repetitivas e intereses restringidos. Los niños con autismo presentan menor tolerancia a los cambios de rutina y tienen respuestas sensoriales atípicas que, por lo general, tienen que ver con la hipersensibilidad. El autismo es un espectro, lo que significa que cada niño diagnosticado con este trastorno presentará estas características en mayor o menor medida y estas serán más evidentes en grados más altos de autismo.
“El colegio se fundó hace 44 años, cuando no se sabía lo que era el autismo y auspiciado por un grupo de padres y profesionales que quisieron formar algo específico para estos niños”, explica Gema. “Se instalaron en un chalecito de El Plantío (en las afueras de Madrid), donde había muy poquitos alumnos hasta que, hace 22 años, se trasladan aquí, después de que el Ayuntamiento de Majadahonda les cediera el terreno. Los alumnos de Cepri suelen tener grado severo de autismo y discapacidad intelectual”, añade. “La mayoría son no verbales y algunos tienen otras discapacidades asociadas: ceguera, sordera…”.
“Lo que hacemos aquí, además de intentar mejorar su calidad de vida, es trasladar a la sociedad empatía y las necesidades que tienen porque, al final, la sociedad tiene el concepto del autismo de Sheldon Cooper y el Dr. Good, que han llegado a la Universidad, que sí que existe, pero son los que menos”. De hecho, según datos publicados por Clínica Universidad de Navarra, el 80% de los niños con autismo tienen discapacidad intelectual. Otro dato relevante a tener en cuenta es que hay muchísimos más diagnósticos de autismo. En concreto, y esta vez según recoge la Sociedad Española de Neurología Pediátrica (SENEP), se ha producido un incremento del 300% las dos últimas décadas en el diagnóstico. “Uno de cada cien niños nace con autismo”, expone Gema. “Es una realidad y la sociedad tiene que estar preparada para ello”.
Las clases, lecciones para la vida
Cuando entramos en una de las aulas de EBO (Educación Básica Obligatoria, de Educación Especial), vemos a una de las profesoras vestida de enfermera, con su bata verde y con una mascarilla. Tiene una bandeja con una jeringuilla y el resto del material necesario para extraer sangre para una analítica. Y no, no es un mero disfraz ni un juego. Es una clase.
La lección que se imparte es fundamental para los alumnos: asimilan y comprenden qué ocurre cuando van al centro de salud a sacarse sangre. Los niños con autismo “se aterrorizan con los análisis”, asevera Carolina. “Yo pensé que esta clase no iba a tener mayor trascendencia, pero, efectivamente, hace un mes y medio llevamos a Pablo a hacerle unos análisis y el tío se sentó, estiró el brazo y me dio la gomita como diciendo ‘ahora’”. Relata, con emoción. “Ya sabía lo que iba a suceder porque lo había visto, lo había trabajado mucho aquí en el cole. Sabía dónde empezaba la actividad y cuándo se iba acabar, estaba todo muy controlado. Se portó mejor que un niño neurotípico”.
Les ayudamos a entender el entorno y, poco a poco, las conductas de frustración o conductas más desafiantes tienden a desaparecer
“Lo que trabajamos aquí son las claves de comprensión del entorno”, nos explica Cristina Gómez, profesora de pedagogía terapétuca y directora académica de Cepri, mientras nos muestra las instalaciones del centro. Se trata de brindarles accesibilidad cognitiva. “Es como un plano del Metro; si no tuviésemos ese plano, no sabríamos dónde tenemos que ir”, pone Cristina como ejemplo. “Las personas con autismo, su día a día lo perciben así, no entienden el entorno”.
Por eso talleres como este en el que se les explica en qué consiste un análisis de sangre es tan importante. Primero les ponen un vídeo en el que los alumnos ven el proceso y, posteriormente, uno a uno se sienta frente a la profesora que hace las veces de enfermera. Ella, de manera clara y sencilla, les va anticipando cada paso que viene a continuación. Pasos que la profesora sigue de manera milimétrica y que son exactos, por tanto, a los de cualquier centro médico. Incluso les pincha un poco con gran cuidado y de manera muy superficial para que, llegado el momento, no se asusten. Personal del Hospital Puerta de Hierro de Madrid han mostrado a los docentes del centro cómo deben proceder y les han donado el material para llevar a cabo el taller.
Sorprende comprobar cómo los niños se muestran tranquilos cuando llega su turno en esta peculiar analítica. Una niña, además, sonríe.
Este taller de analítica forma parte del proyecto Acercamiento a la vida cotidiana, propio de Cepri y elaborado por sus docentes. Dentro de este proyecto, se incluyen otros talleres como de peluquería o de dentista. De nuevo, no tiene nada que ver un juego de rol, tan habitual en niños neurotípicos, en el que uno es el peluquero y otro se deja peinar. Aquí todos son los clientes. Todos se exponen a las tijeras sobre su pelo y al ruido del secador junto a su oído. “También hay un taller de cortar las uñas, porque es muy típico que los niños con autismo tengan problemas al cortarse las uñas, taller de hacerse electros y, para las chicas ya más mayores, de ginecología”.
“Además les damos estrategias para el control conductual”, señala Cristina. “Muchas veces se enfadan, no porque se quieran enfadar; se enfadan porque no entienden lo que les estás diciendo. Y eso nos pasaría a nosotros también: si vamos a un país extranjero, a China, y nos bajamos del avión y no entendemos nada, seguramente que nos frustremos muchísimo”.
“Les ayudamos a entender el entorno y, poco a poco, las conductas de frustración o conductas más desafiantes tienden a desaparecer”, asegura la directora académica. Lo van logrando “simplemente por el control de lo que está pasando a tu alrededor y por adquirir habilidades comunicativas para poder pedir un deseo o manifestar que les duele algo, que muchas veces les cuesta. Sobre todo es eso, facilitarles comprender el entorno que les rodea”.
Para los niños con autismo, la anticipación es esencial. “Independientemente de que hay cosas imprevistas en el día a día para cualquier persona, pero a través de la práctica, del conocimiento de estrategias, de herramientas… vamos comprendiendo el entorno y, poco a poco, nuestro carácter, nuestra conducta, se va flexibilizando”, detalla Cristina.
Cuando aprender a jugar también es un reto
“Yo creo que lo que más me impactó fue ver el patio con los peques”, confiesa la madre de Pablo. “Es duro ver el ambiente porque no hay ese griterío que hay un patio de colegio”, añade Cristina.
Cuando llega la hora del recreo, vemos, desde la ventana de la sala de reuniones, a un montón de niños en el patio. Unos se columpian, otros van de un lado a otro, alguno está debajo del tobogán observando la arena… Cada uno de ellos afanado, solo, en su tarea. “También se traduce en el patio los intereses restringidos”, apunta Cristina.
“El aprendizaje se basa en experiencias y en imitación. El juego en los niños sirve para aprender, el juego es una parte fundamental”, manifiesta la profesora de pedagogía terapéutica. “Cuando un niño no juega de forma espontánea y no utiliza los juguetes de la forma en la que realmente se utilizan los juguetes, es muy significativo”.
Uno de cada cien niños nace con autismo. Es una realidad y la sociedad tiene que estar preparada para ello
La forma en la que los niños pequeños tienen de jugar o de utilizar de manera diferente los juguetes es una de las primeras señales que pone en alerta a muchos padres de niños con autismo, así como uno de los aspectos clave que se tienen en cuenta a la hora de una primera valoración por parte de un profesional. Por eso, “uno de nuestros propósitos es enseñar a los niños a utilizar los juguetes”, nos cuenta Cristina. “Hay una actividad de simplemente jugar”. El objetivo es ayudar a los alumnos a desarrollar el juego simbólico, tan importante en su proceso madurativo.
La directora académica nos describe en qué consiste la actividad de aprender a jugar en el patio: “se hace un vídeo grabado por nosotros en el que ves a un adulto de la mano de un niño”. El adulto narra los pasos que va siguiendo el pequeño: se monta en el columpio, le ayudamos a balancearse… “Imagínate que le toca a otro compañero y no se quiere bajar. Para ello, le enseñamos a contar, a anticipar”.
Cuando esto ocurre, no es suficiente con utilizar el lenguaje verbal y pedir al niño que se baje, aunque también se hace, como nos indica Cristina. “Nosotros empezamos contando: uno, dos, tres… y empleamos claves visuales. A base de anticiparnos y de repetición, enseñamos a los niños a utilizar el columpio de forma adecuada o bajarse”, detalla. “Eso también le sirve a las familias para, cuando van al parque, sepa utilizar los columpios y hacer uso de la comunidad”.
Mapas en el cole: así es el día a día
Las claves visuales de las que habla Cristina están por todas partes en el colegio Cepri. Se trata de secuencias de pictogramas, de dibujos, en las que se detallan las actividades y cada uno de los pasos que las componen. “Una persona con autismo necesita una planificación a lo largo del día”, aclara Cristina. “Le cuesta organizar el espacio y el tiempo; por eso utilizamos las herramientas visuales y les ayudamos a organizar su jornada con pictogramas”.
Cuando los niños llegan, a las 9:30 de la mañana, lo primero que tienen que hacer es siempre informarse de lo que van a hacer a lo largo del día, como nos cuenta Cristina. “Esto es lo que viene a ser la asamblea en la escuela ordinaria”. Así, hacen su secuencia con sus pictogramas: primero, desayunar; después, la tarea de mesa, “que suele ser a primera hora, pues es un trabajo más de atención”. Posteriormente, la hora del patio; después del patio, vuelven a tener otra tarea, bien educación física, bien una tarea artística o bien un taller de cocina.
A continuación llega la hora de la comida. “La hora de la comida también es un momento bastante conflictivo”, manifiesta Cristina. “Ellos tienen autismo y el autismo se traslada a todos los ámbitos de su vida”, incluido el de la alimentación. Nos cuenta que algunos de los alumnos están acostumbrados o les gusta comer puré y no quieren comer otra cosa. “Nosotros aquí trabajamos el punto de vista pedagógico de la comida. ¿Para qué? Para ampliar los intereses”.
Los intereses restrictivos de los que hablábamos anteriormente suelen estar muy presentes en la comida y el hecho de que deban ingerir alimentos que no se encuentran dentro de esos parámetros de interés puede resultar conflictivo. “El nuestro no es un comedor al uso, como el de una escuela ordinaria. Aquí se trabaja en habilidades no solo de alimentación, sino también habilidades conductuales”, expone. “Por eso, el gran recurso que tenemos nosotros en la alimentación y en el comedor es el personal”, subraya. “Todas las personas que están en el comedor tienen el técnico de sociosanitario con grado de dependencia y, además, un curso de formación en TEA; o sea, que es un perfil muy concreto y específico, y siempre está supervisado siempre por los tutores de aula”.
Los tutores de aula y los docentes en general son, no cabe duda, esenciales en la educación de los alumnos con autismo, por su profesionalidad y porque son adultos de referencia fundamentales. Junto a ellos, los logopedas y los fisioterapeutas son también figuras muy importantes en este centro de Educación Especial. Por un lado, la función de las logopedas va mucho más allá de enseñarles a decodificar letras y a pronunciar sonidos (recordemos que la mayoría de alumnos son no verbales), sino que les enseñan habilidades comunicativas. Esto les ayuda a expresar sus necesidades y sus deseos, tan necesario para cualquier individuo.
Por otro lado, Gema y Cristina ponen también en valor al fisioterapeuta, profesional que no está contemplado en el concierto educativo y que Cepri contrata por su cuenta. “Se asocia mucho tener fisio a discapacidad motórica, pero vimos, en nuestro proyecto educativo, que también en el autismo es bueno tener un fisioterapeuta porque hay muchas conductas repetitivas que generan contracciones”, subraya Cristina.
El de todos estos profesionales “es un trabajo extraordinario”, como asegura Carolina. “Muchas veces, lo que no funciona en casa, ellos lo llegan a conseguir con el día a día y el trabajo. Por eso yo estoy súper agradecida. Es como encontrar el hueco del cielo de decir aquí tenía que estar yo y lo he encontrado: el que mi niño esté bien, que sé que todo lo que le van a enseñar va a ser para toda la vida porque lo que aprende un niño con autismo lo aprende para toda la vida. Es como el que aprende a leer o a restar y a dividir y lo lleva a su día a día; pues esto es igual. Es el cole y yo estoy muy agradecida”.