Javier Urra, primer Defensor del Menor en la Comunidad de Madrid, es una de las personalidades más destacadas en el mundo de los derechos de la infancia. Director clínico de Recurra-GINSO, psicólogo forense y autor de libros de éxito, acaba de publicar Hijos: prevención de riesgos (Ed. Declée De Brouwer). Se trata de un libro donde, alejándose de los tópicos, va tejiendo una guía esencial para los progenitores y educadores que se enfrentan a los desafíos actuales, centrándose en la prevención y el acompañamiento. Hemos charlado con él.
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Comienza su libro hablando de adicciones, una de las mayores preocupaciones de los padres. ¿Cuáles son más peligrosas: las adicciones sin sustancias o las adicciones a sustancias?
El ser humano tiende a ser adicto. O bien al trabajo, al deporte, al sexo, al juego, a la droga, a los psicofármacos, a las pantallas... ¿Son más peligrosas hoy las adicciones no químicas? La respuesta es no. La adicción química conlleva algunas modificaciones cerebrales y la conducta de la persona queda muy esclavizada por esa adicción. Por eso a la sociedad le es difícil entender por qué hay gente que es capaz de robar, de matar, de hacer las cosas más inverosímiles con tal de conseguir su droga. Porque esa dependencia es física también, no solo es emocional.
Dicho eso, la adicción ordenadores, pantallas, etc., ¿es un problema? Claro, puede ser un problema. El peligro está en la herramienta, en la capacidad de la adicción que genera. Por eso los padres de niños de Silicon Valley no permiten que antes de los 14 años tengan un smartphone. Ahora bien, ¿todos los niños van a quedarse enganchados o a hacerse adictos? No, en absoluto. ¿Quiénes pueden ser adictos? Los que no tienen amigos, los los que cuando hay un cumpleaños no van a ser invitados...
Si no tienes amigos, te creas un personaje para ser aceptado, que muchas veces no coincide con la realidad, y con el que quieren buscar reconocimiento y aplauso. Y si no tienes amigos o si no te sientes bien, pues te puedes meter en páginas de violencia, en páginas de sectas, en páginas de trastornos alimentarios. Y hay posibilidad de engancharse porque realmente no tienes el contrapeso de la vida cotidiana, del juego, del diálogo, del debate...
Ahora, ¿un chico se hace violento por ver algunas cuestiones? Yo diría que no. ¿Un chico que es violento se va a meter en páginas que son violentas? Sí. ¿Va a confirmar esa violencia? Sí.
Actualmente, niños y adolescentes viven una época convulsa en relación a la salud mental. En el libro habla incluso de la 'ecoansiedad'. ¿Están más expuestos a estos problemas o somos más conscientes de ellos?
Los países que son la cuna de la cultura del mundo son Grecia y Roma. En ellos, los niños no tenían derechos ni la condición de ciudadano. Si tú lees a Galdós, te das cuenta que en España con 12 años ya se podía trabajar y se legisló para que los niños no trabajaran más de 12 horas. En otras épocas, en lo que ahora llamamos adolescencia los menores estaban en otras etapas. Ahora ha aumentado también la esperanza de vida, se ha acortado la infancia y se ha alargado la adolescencia, y eso es un error. Hablamos de preadolescencia cuando los niños tienen 10 años, y no es así. Son niños. Al igual que no podemos hablar de adolescentes cuando nos referimos a un chico de 27 años.
La adolescencia siempre ha supuesto para la sociedad un quebradero de cabeza. Yo creo que esto responde a lo que los psicólogos llamamos 'profecía autocumplida'. Pero el grupo que mejor me cae, con el que mejor me llevo, al que yo mejor caigo, son los adolescentes. En mis centros hablo con ellos, les escucho, les trato con respeto y si dicen una tontería les digo: "Eso es una tontería". Y ya está.
Pero ¿qué ocurre? La gente dice, ojo, es que tengo un adolescente en casa. Es como si tuvieras ya un problema. Usted tiene un adolescente. ¿Que cambia? Claro que es un cambio. ¿Qué deja de ser niño? Claro, quiere ser adulto.
Pero a los adolescentes hay que educarles para que sean respetuosos con la norma, para que tengan conciencia de lo que está bien y lo que está mal, para que sepan que alguien les puede ofrecer droga... Y eso se hace de niños. Los adolescentes necesitan que sus padres hagan de frontón, un frontón donde la hiedra sube y se apoya, pero también donde choca. No se puede ser amigo de los hijos. Los padres debemos transmitirles que cuando les falle todo, ahí estaremos.
¿Por qué los jóvenes muestran ahora tanta desesperanza?
Hay muchos jóvenes que no tienen muy claro cuál va a ser su futuro. Sus abuelos ahorraban, se compraban un coche, se hipotecaban para un piso. Tenían una razón de vida, como decía Viktor Frankl. Ahora no tienen muy claro por qué se tienen que levantar mañana por la mañana, y entonces se desesperanzan. La desesperanza es muy problemática porque suele dar la mano a la depresión. Y de la mano de la depresión y la desesperanza, el riesgo de una idea autolítica o de una conducta suicida aumenta.
Vivimos en una sociedad ansiosa. Una sociedad en la que escuchan constantemente de los adultos "no me da la vida". Y los niños viven en esa ansiedad.
En el aspecto físico hemos avanzado mucho a lo largo de los años, pero en lo emocional, en lo psíquico, tenemos conflictos: separaciones muy mal llevadas por los padres, gente que consume mucha droga... Además, hoy hay una gran angustia por parte de los padres; tienen la percepción de que no lo van a hacer bien. Por eso surge este libro, que pone el foco donde yo creo que hay peligros reales. Pero en lo demás, no hay que encabezonarse en que los hijos sean felices toda la vida, porque no lo va a ser. Educa a tu hijo para que tenga fortaleza de carácter, para que no piense tanto en sí mismo, sino en dar a los demás.
En el libro aborda esa desilusión juvenil y lo que implica...
Es un poco lo que se les transmite. No hay alquileres, no hay trabajo, hay como una nube negra que los mete en esa desilusión. Pero yo creo que hay una cuestión que es fácil: Eres joven, ¿no? Tú puedes mejorar el mundo.
Yo cuando hablo con un chaval de 14 años de alguno de mis centros le digo: "Oye, si hubiéramos nacido en la Grecia clásica, ¿hubiéramos dejado morir a los ancianos o a los jóvenes?". Otra pregunta. Cuando llega un mal llamado 'mena', un chico de Argelia o del norte de Marruecos, ¿qué hacemos con él? No me preguntes qué va a hacer el gobierno. No, tú con 14 años, ¿qué harías? Vamos a pensarlo tú y yo, porque, entre otras cosas, es un chico como tú, nacido en otro lugar lo que, por cierto, es bastante azaroso. Yo les planteo, les escucho, los llevo a campamientos, hacemos el Camino de Santiago. Y esto con chicos muy problemáticos.
En esa prevención de riesgos de la que habla en el libro, la familia surge como un factor protector fundamental. ¿Qué bases deberían asegurarse para que los hijos asuman los menores riesgos importantes posibles?
Lo primero es el amor, dar a fondo perdido. También darles la oportunidad de ser generosos con otras personas. Si reciben seis juguetes, que den alguno. También el contacto con la naturaleza y que puedan participar en algo que les pueda gustar: pintar, tocar en una orquesta, hacer teatro... Facilitarles que puedan tener amigos.
También es importante la seguridad. Eso requiere que la pareja también tenga relaciones equilibradas, sanas, y que no se quede en sí misma, endogámica, sino que tenga amigos, que tengan otros familiares, como los abuelos, que son figuras esenciales, una referencia para los niños. Me parece muy importante también dar gracias a la vida. Esto es fundamental. Hay niños muy enfermos en los hospitales, y hay que ser conscientes de ello.