Es una soñadora y una guerrera a la hora de ir tras sus metas. María Lladó es puro carácter y personalidad y su casa de Barcelona, de la que nos abre sus puertas, es un fiel reflejo de ella, es ‘autobiográfica’, como le gusta decir. Nacida en Madrid, llegó aquí hace treinta años y adquirió esta torre de 1910, de estilo novecentista, que mantiene el encanto y la magia de la época y, aunque vive a caballo entre la capital y la Ciudad Condal, pasa la mayor parte del tiempo en ella.
Su pasión siempre ha sido el arte y eso la llevó a estudiar Bellas Artes en Washington, donde su padre, José Lladó, empresario y exministro, fue destinado como embajador. Allí se licenció en el prestigioso Corcoran Institute of Art. A su regreso a España, siguió formándose, esta vez, estudiando Fotografía y Publicidad, y después se fue a Londres para estudiar en la escuela Central Saint Martins.
“Cuando Woody Allen vino a rodar Vicky Cristina Barcelona, se enamoró de una casa en la que trabajé y decidió filmar allí”, dice la interiorista
No es de extrañar que se sintiera atraída por el arte, ya que en su familia siempre ha estado presente y ha sido un mundo que han compaginado con la banca y la empresa. Sin ir más lejos, su padre forma parte del Real Patronato del Museo Reina Sofía, además de ser patrono de la Fundación Príncipe de Asturias y presidente del Jurado de las Artes del Premio Príncipe de Asturias; su abuelo materno, Manuel Arburúa, que fue banquero y ministro, era un gran coleccionista, y su abuelo paterno, Juan Lladó, además de ser el presidente del Banco Urquijo, impulsó el rescate de la Casa de las Siete Chimeneas (actual sede del Ministerio de Cultura).
María es madre de dos hijos, Jorge y Manuel, de los que dice estar “muy muy orgullosa” y a los que define como “inquietos, educados, humildes y buenas personas”. Les ha inculcado también su pasión por la cultura y las artes y asegura que le gustaría que el pequeño pudiera estudiar en la misma escuela de Londres donde ella se formó. Entramos con ella en su universo de creatividad y hablamos de su vida, su trayectoria y su forma de ver el mundo del interiorismo.
“Me recuerda muchísimo a la casa de mis abuelos en Donosti. Se llamaba ‘Villa Betiguiro’ y estaba en la playa de Ondarreta, era volver a la infancia, a los veranos, al momento más feliz de mi vida”
—¿Qué te enamoró de esta casa?
—Me recordó muchísimo a la casa de mis abuelos en Donosti. Se llamaba ‘Villa Betiguiro’ y estaba en la playa de Ondarreta, era volver a la infancia, a los veranos, al momento más feliz de mi vida.
—¿Podría decirse que esta casa es un reflejo de tu personalidad?
—Sí, sin duda, es el reflejo de mí, es como una extensión de mi forma de vivir y pensar, pero ya no solo a nivel estético: es una casa autobiográfica.
—¿Cómo te definirías?
—Abierta a todo, no me gusta juzgar, superecléctica, cero miedosa y afronto todo con bastante sentido del humor y con ganas, ilusión y genio.
—Se dice de ti que eres una rebelde con alma roquera, ¿te consideras así?
—Yo me considero una persona bastante normal, la verdad. Esa manera de verme, algo me define, pero es que soy poco de etiquetar y sentirme etiquetada. Es más, me encanta ver, asimilar y cambiar, reinventarme.
“Estudié Bellas Artes en Washington porque mi padre, José Lladó, se fue a trabajar allí y fuimos toda la familia con él. Fui una afortunada porque pude hacerlo en el Corcoran Institute of Art”
—¿Cuál crees que ha sido tu mayor acto de rebeldía?
—Hacer las cosas a mi manera, honesta y desde otro punto de vista. Ser rebelde me parecen palabras mayores. Me parece que es como inventar una vacuna: admirable. Rebeldes fueron Marie Curie, Maruja Mallo o Djuna Barnes, lo demás son rebeldías de andar por casa.
—Antes de dedicarte a la decoración, estudiaste Bellas Artes en Washington. ¿Cómo fuiste a parar a Estados Unidos?
—Pues porque mi padre se fue a trabajar a Washington y allá que fuimos toda la familia. Y nosotros, sus hijos, aprovechamos para estudiar allí. Yo fui una afortunada porque pude hacerlo en el Corcoran Institute of Art.
He trabajado bastante en Estados Unidos, siempre en casas particulares, en Manhattan y los Hamptons. Y tengo que decir que me encanta porque me dan más libertad
—Tus abuelos han sido importantes figuras en el mundo de la banca y la política y también apasionados del arte, ¿cómo los recuerdas?
—Los recuerdo con todo el amor del mundo. Yo creo que mis abuelos son las personas que más cariño y ternura me regalaron, un regalo de la vida, ojo. Y, además, me enseñaron a amar y respetar en general y a amar el arte y la cultura en particular. En mi familia, disfrutamos todos bastante con el arte, es una expresión estética, de pensamiento y de innovación que nos han enseñado a disfrutar y valorar.
—¿Cuál es tu seña de identidad a la hora de decorar?
—Yo me siento como un catalizador. Escucho y pregunto mucho a mis clientes y luego, de nuevo, mezclo su mundo, sus necesidades, sus ideas con mi punto de vista. Pero en general, o así lo veo yo, soy poco de señas de identidad y más de emociones y sentimientos me sugieren los clientes y los espacios.
—Has hecho también muchos trabajos fuera de España.
—Sí, bastantes en Estados Unidos y siempre en casas particulares, en Manhattan y los Hamptons. Y tengo que decir que me encanta trabajar allí porque me dan más libertad y están más dispuestos a las nuevas ideas.
“En mi familia disfrutamos todos bastante con el arte; es una expresión estética, de pensamiento y de innovación que nos han enseñado a valorar”
—Se dice que eres la decoradora que enamoró a Woody Allen. ¿Cómo llegó a conocer tu trabajo?
—Admiro mucho el cine de Woody Allen de siempre y cuando vino a rodar a Barcelona Vicky Cristina Barcelona , una comedia que no tiene muchos amigos, pero que a mí me encanta, se enamoró de una casa en la que yo había trabajado durante dos años y decidió rodar allí. Era la casa del personaje que interpretaba Patricia Clarkson. Fue una alegría y me hace muy feliz porque lo de diseñar y construir decorados para cine o televisión es una asignatura pendiente que sueño con hacer algún día.