Si pensabas que la Beatlemanía era cosa del pasado, es que aún no ha llegado hasta tus oídos esta historia. El último episodio de esta fiebre colectiva es tan insólito como legendario: un trozo de tostada que George Harrison dejó en su plato en 1963 ha sido subastado y ahora reposa, cuál reliquia sagrada, enmarcado en vidrio de museo con protección UV, transformándose en un desayuno inmortal.
Todo comenzó con Sue Houghton, una fan de 15 años que, en una visita a la casa de los Harrison, vio la tostada inacabada de George y pensó: “Esto no puede irse a la basura”. Con reflejos de ninja y la devoción de una verdadera beatlemaníaca, la metió en su bolsillo y la pegó en su álbum de recortes. Allí convivió durante décadas con colillas de cigarro y pelusa de la funda de la guitarra de John Lennon, porque claramente el coleccionismo de reliquias Beatles no entiende de límites.
Pero esta no era una simple tostada olvidada en un plato; era un testigo mudo de un momento clave en la historia de los Beatles. El 2 de agosto de 1963, la banda regresó a Liverpool tras siete semanas de ausencia para tocar en el Grafton Rooms. Al día siguiente, darían su última actuación en The Cavern Club, cerrando una era antes de su meteórico ascenso a la fama mundial. Mientras los Beatles se preparaban para conquistar el mundo, la tostada de George quedaba atrapada en el tiempo, esperando su inesperado salto a la inmortalidad.
Ese momento llegó en 1992, cuando Sue subastó su colección de recuerdos (sí, la tostada incluida) en Christie’s por 1.560 euros para financiar la renovación de su casa. Y aunque podría pensarse que la historia terminó ahí, la tostada volvió a cambiar de manos recientemente. Su nuevo dueño, el comerciante de recuerdos Joseph O’Donnell, la adquirió y la enmarcó con más mimo que el cuadro de la Mona Lisa. “Es una historia brillante, extraña e histórica”, declaró, mientras aseguraba que seguiría contándosela a todo el que quisiera escucharla.
Pero, ¿qué opinaba el propio George Harrison de todo esto? En 1992, cuando se enteró de la subasta, declaró indignado: “¡Yo siempre me comía mis tostadas! ¡Nunca dejé ninguna!” Como si no fuera suficiente con que su desayuno hubiera cobrado vida propia, la historia se convirtió en una broma recurrente entre los Beatles. Paul McCartney incluso comentó en 1999 que sus hijos le recordaban la anécdota cada vez que dejaba comida en el plato: “Papá, ¿seguro que quieres dejar ese panecillo? ¡Podríamos subastarlo!”
Esta tostada no está sola en el panteón de reliquias beatlemaníacas absurdas. Otras subastas incluyen una carta de John Lennon sobre un incidente de Keith Moon orinando en un estudio (vendida por 7.232 euros), una cuchara de madera firmada por John y Yoko (1.634 euros), y un trozo de pared del set de The Ed Sullivan Show, garabateado por los Fab Four, que alcanzó casi un millón de euros. Sin embargo, el premio a la locura lo tiene un dentista canadiense que pagó 40.860 euros por un diente de John Lennon, con la esperanza de clonarlo. Sí, la Beatlemanía ha llegado al terreno de la ciencia ficción.
Así que ya sabes: si encuentras una vieja servilleta que pudo haber tocado Ringo, guárdala bien. En unas décadas, podría valer más que tu casa. Mientras tanto, la tostada de George Harrison sigue ahí, en su marco de lujo, recordándonos que para los fans de los Beatles, no hay reliquia demasiado absurda ni historia demasiado loca.